Tengo que dejar de ver las noticias

A veces veo algo en la tele, en una revista o en la calle que me trae de golpe la idea de escribir un post acerca de eso. Desde que escribo por placer y de lo que me da la gana lo saboreo mucho más, fuera calendarios de entradas, colaboraciones, hablar de lo último que ha salido, bla bla bla…

La mayoría de las veces son cosas alegres o un poco ácidas (ya sabéis que yo de morderme la lengua poco) pero hoy ha sido una triste, muy triste. Estoy en mi hora feliz del día, esa en la que estoy sola con mi café recién hecho a la espera de que se despierte Víctor y empiece la vorágine diaria. Pocas veces pongo las noticias porque me dejan un mal cuerpo que suele durarme todo el día y desde que soy madre más pero (más…)

De mayor quiero ser… Instamami

El otro día mientras le hacía una pedicura a mi amiga Bea nos pusimos al día de todo un poco, como siempre pasa acabamos hablando de Instagram y de gente a la que seguimos (o no) y después de contarme la última aventura de X me la quedé mirando y le dije “tía Bea, ¿tú sabes de cuantos embarazos va a tener la culpa Instagram?”.

Puede parecer una chorrada pero si eres asidua a esta red social y sigues el mundo petardo de las Instamamis tendrás que reconocer que algo de razón tengo. Y SÍ, también puedes estar pensando “¿oye maja, no eres un poco hipócrita?” Pues chica, no creo. Cuando me refiero al modo petardo lo digo por el rechazo que me produce ver un anuncio con patas y con fotógrafo en plantilla que retrata en el país de las fantasías y los unicornios vomitadores de purpurina el día a día de la maternidad, pero de la maternidad falsa.

Yo no quiero ver (más…)

Carta a mi lactancia

A ti que al principio nos entendimos mal, nos costó encontrarnos y después entendernos.
A ti que has puesto a prueba mi paciencia y me has enseñado a creer y a pelear.
A ti que me has robado tantas horas de sueño, de fuerza y de cordura.
A ti que me has hecho llorar y me has provocado heridas por fuera y algunas más por dentro.
A ti que una vez nos cogimos de la mano hemos sido una.
A ti que me permites después de más de veintidós meses seguir alimentando a mi hijo.
A ti que haces que crezca fuerte y me das tranquilidad los días que no ha querido sólidos.
A ti que has hecho que mire embelesada a mi pequeño mientras él me devuelve la mirada.
A ti que has logrado que crea en mi y que cuando me miro en el espejo vea a una mujer fuerte.
A ti que has sido mi compañera de viaje estando bien, mal, enferma, feliz, triste y enfadada.
A ti que me has hecho llorar de agotamiento y gritar por dentro que no podía más.
A ti que ni en mi gran día quise dejarte de lado aunque me rebelara comprando un vestido incómodo para ti.
A ti, mi lactancia, gracias.
Porque cuando he visto esta imagen has hecho que todo lo bueno, lo malo y lo inolvidable cobre sentido una vez más.
Por mucho más tiempo juntas.

Foto: Kike Tarazona

No quedan días de verano…

…el viento se los llevó, un cielo de nubes negras cubría el último adiós
por sentir de repente tu ausencia, como un eclipse de sol…

Si echo la vista atrás me doy cuenta de que cada vez que he vivido un cambio en la maternidad creo un recuerdo que si cierro los ojos puedo revivir perfectamente. Las sensaciones, lo que sentí, donde y como estaba, me emociono, sonrío, soy feliz. Mi último día de embarazo, la llegada a casa, la primera vez que se cogió bien al pecho, la primera vez que disfruté siendo madre, el primer agobio, ese momento en el que creía que no podía más, primeras navidades, primeros pasos, primeros abrazos, primer cumpleaños…

Y ahora, la guardería. Esta mañana cuando le he dejado he observado cuantas clases de padres distintos estábamos allí: los que tienen prisa y dejan el coche en doble fila, los que dejan al niño y se van rápido para que no vean que son ellos los que esta vez se van llorando, los que llegan juntos entre risas con sus hijos siendo ya amigos, los padres ausentes en forma de abuelos que te miran dándote ánimos cuando ven que te está costando la vida separarte de tu pequeño. Somos tantos y uno solo a la vez.

Hace unos días estaba tan nerviosa por este cambio “¿voy a ser capaz? ¿de verdad es necesaria la guardería? ¿va a ser feliz? ¿dejará de quererme?”, tantas preguntas y miedos que no me dejaban respirar sin sentir esa punzada en el corazón por el miedo, pánico más bien, a la separación. Después llega el primer día y mi hijo me sorprende una vez más, no llora pero se extraña, se me coge fuerte al cuello pero mira dentro curioso, se deja llevar pero vuelve la cabeza una última vez atrás para mirarme. Sonrío, le digo te quiero muy flojito, aguanto, me rompo por dentro. Me voy. Otro cambio.

Y para no pensar en el camino a casa con las manos vacías me pongo música y me acuerdo de esta canción que siempre me ha gustado tanto. No, no quedan días de verano.

Maria.

Malamadre por una noche y olé

Malamadre por una noche. Bueno, a lo mejor me he venido arriba. Fueron tres horas solamente, pero menudas tres horas…

Ya ni recuerdo cuando fue la última vez que fui al cine, primero por el embarazo y esa incapacidad de aguantar sin “pisear” cada diez minutos, por los calambres en las piernas que me hacían bailar el crusaito y el robocop, por la ciática o por el estado permanente de sueño que me acompañó los primeros meses. Y después que os voy a contar… MADRE.

Diecisiete meses y quince días he necesitado para verme capaz de separarme de mi hijo e irme tranquilamente a pasar un rato con amigas para hacer algo tan simple como ver una película. El otro día me desperté y mientras le daba teta a mi pequeño en la cama me puse a ver Instagram que es un placer que me doy cada mañana antes de ponerme en marcha.

Perfil de Malasmadres, anuncio del estreno de la peli que se llama igual (estos americanos se les han copiado seguro), a las veinte primeras que escriban les toca una entrada doble, rauda y veloz apuntándome, whatsapp a mi BFF Silvia para avisarla del sarao y unas horas más tarde el mail confirmando que somos unas de las suertudas que van al preestreno en Valencia.

Malamadre por una noche

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